Las huellas del enemigo interno

Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas

Cada 30 de agosto, el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas nos confronta con una de las formas más graves de violencia estatal, cuyo objetivo no solo es sustraer físicamente a una persona de su familia y entorno social, sino también borrar las huellas de su existencia e impedir la difusión de información sobre su destino, negando a sus familiares el derecho a conocer la verdad. La desaparición forzada ha prolongado la violencia de las épocas de represión durante décadas de ausencia e incertidumbre.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, miembros de las fuerzas armadas de distintos países latinoamericanos participaron en programas de formación y asesoramiento en estrategias contrainsurgentes. Instituciones como la Escuela de las Américas formaron parte de una red más amplia que abarcaba academias militares, programas bilaterales de cooperación, servicios de inteligencia y espacios de intercambio entre las fuerzas armadas de distintos países.

Las concepciones contrainsurgentes transformaron profundamente la noción de seguridad nacional. La amenaza dejó de localizarse exclusivamente fuera de las fronteras y comenzó a identificarse dentro de las propias sociedades. Bajo la figura del denominado enemigo interno, determinados ciudadanos, organizaciones sociales, movimientos políticos y comunidades fueron construidos como potenciales amenazas al orden social. La lógica militar hizo que el discurso de defensa de la seguridad nacional terminara por proporcionar un marco perfecto para justificar prácticas de vigilancia, persecución, detención clandestina, tortura, ejecución y desaparición.

Esto no significa que haya existido un único modelo represivo ni que todas las experiencias de violencia estatal tuvieran el mismo origen, ya que cada país atravesó procesos políticos e históricos particulares. Sin embargo, es imposible no detenerse ante los paralelos entre los mecanismos destinados a ocultar cuerpos y destruir evidencias. La persistencia de estos patrones, aun en la actualidad, nos obliga a preguntarnos: ¿cómo determinadas concepciones de la seguridad que permitieron transformar a los ciudadanos en enemigos y convertir su desaparición en una práctica posible dentro de las estructuras estatales se siguen usando y avalando por sectores de la sociedad?

Puede que el fin de las dictaduras o los periodos transicionales haya permitido adoptar reformas institucionales militares así como la sustitución de los manuales derivados de la Escuela de las Américas, para dar paso a una fuerza militar y policial que sirva a la sociedad en su conjunto. Sin embargo, algunas categorías y formas de interpretar el descontento y el conflicto social siguen vigentes. La lógica del “enemigo interno” reaparece cuando la protesta ciudadana se activa o cuando, frente al conflicto político, determinadas demandas sociales se reducen a una amenaza para la seguridad y son estigmatizadas como enemigos del orden, lo que privilegia la vigilancia, la militarización y el uso de la fuerza.

Quizá una de las secuelas más profundas de aquellas doctrinas no se encuentre en el nivel de permisibilidad y silencio frente a la desaparición forzada y otros crímenes cometidos, sino también en la persistencia, en la actualidad, de la racionalidad que permitió considerar a ciertos sectores de la sociedad como amenazas susceptibles de neutralizarse.

Por ello, conmemorar el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas significa algo más que recordar a quienes fueron arrancados de sus familias y comunidades y reconocer la incesante lucha de quienes continúan buscándolos. Significa, además, una oportunidad para examinar críticamente el nivel de responsabilidad de la sociedad que hizo y hoy hace posible que la desaparición forzada se siga justificando.

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Impunidad y violencia en el orden global contemporáneo