Impunidad y violencia en el orden global contemporáneo

A pocos días de haber conmemorado el Día Mundial para la Prevención del Abuso contra la Niñez y a pocos días de conmemorarse el Día Internacional de los Derechos Humanos, hoy, en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la pregunta que vuelve con fuerza es: ¿qué pasa con la lucha contra la impunidad?

En el pasado, la justificación de la violencia era la “barbarie”. Se construyó la idea de que había pueblos, cuerpos y vidas menos civilizadas, menos humanas y que, por tanto, esos cuerpos podían ser invadidos, disciplinados, exterminados. Y por mucho tiempo se estuvo de acuerdo con esa versión del pasado.

Después se inyectó el terror, un terror fabricado y sobredimensionado, convertido en mercancía política. El miedo pasó a ser el resultado de la descarga de terror que se lanzaba una y otra vez sobre nuestras vidas, hasta que empezó a funcionar como todo en el orden económico, como herramienta de control y como argumento para militarizar, vigilar, inculpar, asesinar, desaparecer, expulsar y bombardear.

Hoy, cuando cada ciudadano del mundo puede constatar con sus propios ojos el horror, cuando cada quien usa la máscara que le corresponde —gobiernos que hablan de “seguridad”, empresas que hablan de “progreso”, organismos que hablan de “paz”—, ya no pueden esconder lo que está a la vista, es decir, que el poder político y económico se ha sostenido en la impunidad. Llamemos a las cosas por su nombre. No estamos ante un nuevo orden global, sino ante la actualización y la radicalización de una arquitectura de poder que, históricamente, ha administrado la violencia extrema como recurso político legítimo.

Estas fechas, pensadas para la memoria, la reflexión y el compromiso, se superponen con la realidad cruda y brutal de que los gobiernos no solo ejercen violencia contra sus propios ciudadanos, sino que además se hacen de la vista gorda frente a la violencia ejercida contra las niñas y los niños, y normalizan los feminicidios y la violencia sexual como si fueran daños colaterales de un orden imposible de cambiar. Las efemérides se acumulan, pero los cuerpos siguen cayendo.

¿Qué les espera, entonces, a otras sociedades del mundo y a los más vulnerables, si la pasividad frente a esta violencia de carácter genocida continúa y no hay nadie que la detenga? ¿Qué futuro pueden imaginar las niñas, las mujeres, las comunidades racializadas, empobrecidas, desplazadas, si el mundo acepta como normal que se abuse, se torture y se extermine sin consecuencias reales?

A pesar de los denodados esfuerzos de la gente de a pie (sin ellos estaríamos peor), de las arduas batallas y de las continuas denuncias, resulta imposible no ver la contradicción. Mientras se pronuncian discursos solemnes sobre “nunca más” y “derechos humanos universales”, estamos a punto de terminar el año asistiendo, una vez más, a un live continuo de “cómo se asesina y se deja morir” a todo un pueblo, ante la mirada paralizada —o abiertamente cómplice— de la comunidad internacional. La impunidad opera desde las redes sociales, como un mensaje, como una advertencia silenciosa que se cierne sobre todas y todos.

Entre conmemoraciones y comunicados se juega hoy una disputa ética fundamental sobre si los derechos humanos son realmente universales o no. La pregunta ya no es solo quién dispara, sino quién mira hacia otro lado. ¿Cuánto más están los ciudadanos (del mundo) dispuestos a soportar ser parte de ese eje de impunidad?

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